Oriana Nuñez

Con más de 149 millones de suscriptores y una cotización de entre 344 millones de dólares en tan solo mitad de año, Netflix toma el control de las plataformas de streaming y pisa fuerte ante posibles contrincantes. En la actualidad, hablar sobre la televisión por suscripción resulta bastante familiar y casi imposible de ignorar, sin embargo 23 años al pasado fueron suficientes para creer en un proyecto que nadie más podía ver venir,  incluyendo a sus propios autores. 

Hacía 1997 en California, cuando Reed Hasting luchaba por descubrir la manera adecuada de enviar la copia de una película de Apolo 13 que había olvidado devolver a tiempo. Después de pagar 40 dólares por el atraso, Hastings comenzó a considerar formas alternativas para ofrecer un servicio de películas para el hogar que entregará un mejor servicio a los clientes.

La respuesta, surgida delante de la frustración de Reed, fue una empresa de alquiler que empleaba el servicio postal de Estados Unidos para entregar los DVD a sus suscriptores. Su idea, explicaba Hastings, era el modelo de un negocio en el que la gente pudiera alquilar películas por correo ordinario, bien parecido al Venca con la ropa en España, pero con viaje de vuelta. “Fui a una tienda de música de California, me envié CD a mí mismo. Solo un disco en un sobre [sin caja]. Fueron 24 largas horas hasta que el correo llegó a mi casa. Abrí el sobre y estaban en perfecto estado. Fue un momento muy emocionante”, recordaba entonces el empresario.

Cuando se lanzó su sitio web original a principios de 1998 bajo el nombre de Kibble, Randolph y Hastings comenzaron con un catálogo inicial de casi 1.000 títulos y una propuesta que fue una de las primeras claves de su éxito: se podía devolver el DVD hasta una semana después, aunque fuera de estreno. En ese momento, lo clientes de un videoclub estaban obligados a devolver lo alquilado en 24 o 48 horas. Un ideal que ahorraba todos los posibles viajes a la tienda física y daba más margen para disfrutar de la película.

Una oferta que elevó sus cifras casi de inmediato. Los usuarios podían pagar una suscripción de entre 16 y 20 dólares al mes para poder quedarse con los DVD durante largas temporadas. Los creadores de Netflix plantearon entonces lo que ahora es una de las prácticas favoritas de sus clientes y de los del resto de plataformas similares: el binge watching. Es decir, así podían alquilarse la trilogía entera de La Guerra de las Galaxias o la temporada completa de una serie y verlas de una tacada.

Netflix salta al formato digital 

Aun así, no fue sino hasta el 2010 que, después de un rechazo en el año 2000 por considerarlos un “nicho de mercado”,  el líder indiscutible de videos Blockbuster acepta finalmente trabajar junto a Netflix. Para la fecha, Blockbuster se había declarado en bancarrota, con una deuda superior a los 1.000 millones de dólares, mientras que Netflix funcionaba desde hacía tres años en streaming, sin depender de ningún soporte físico para distribuir sus contenidos. Una decisión que, dada la gran competencia con empresas que ya distribuyen contenidos en línea tales como Amazon y Apple, lucía bastante arriesgada.   

Ya asentado su modelo de negocio, la compañía se planteó en serio su expansión internacional a partir de 2010, cuando comenzó a emitir por vez primera fuera de Estados Unidos, en su vecina Canadá.

Un gran desafío que, incluso al fundir sus lazos junto a la gran pantalla y tras 20 años de conquistar el mercado internacional, ha logrado cambiar la forma de ver televisión.