Quienes han leído mi libro “Personas compran personas” saben que la profesión de ventas, para mí, fue un legado que recibí de mi padre a través de un largo camino. Como los viejos cazadores que se llevaban a sus hijos a la faena, de él adquirí mis primeros conocimientos acerca del fascinante mundo de las ventas: de forma oral y en el marco de largas travesías en solitario en busca del sustento. En nuestro caso, esas largas travesías eran los caminos de la geografía venezolana que atravesábamos sin más compañía que su viejo Ford Fairlane 500.

Dotado de una condición natural para las ventas, mi padre fue adquiriendo herramientas y diseñando estrategias, de manera empírica, en el decurso de su evolución como distribuidor para todo el país de las marcas que representaba.
Francisco, que así se llamaba mi padre, aprendió muy pronto que la primera condición fundamental para vender era la pasión. Pasión no sólo por las ventas, sino por la gente, por la vida. ¡De qué otra manera podría ejercerse esa vocación de contactar a los demás, de interesarse por sus asuntos, de querer ayudarlos a resolver sus necesidades, de escucharlos con genuino interés, sino a través de la pasión por lo que hacía! Y porque se requiere sentir pasión por ella para ejercerla es que la vocación por las ventas, más que un oficio, supone un modo de ver la vida.

Y, como cuando uno está enamorado -que no puede dejar de pensar y hablar del objeto de sus ensoñaciones-, las ventas van mucho más allá de ser un modo de ganarse el pan. Las ventas son una profesión. No en vano, en su acepción fundamental, profesión alude a la acción y al resultado de profesar. Y de eso se trata el asunto: de profesar la pasión por las ventas, por la condición humana, por el deseo de atender las necesidades de la gente. De eso se trata la profesión de vendedor.

Y eso lo hacía muy bien mi padre, que no sabía nada de etimología pero que tenía una enorme intuición y no desaprovechaba las oportunidades para aprender. Todo eso que él profesaba intuitivamente fue lo que yo aprendí a profesar por otros caminos. Con baquianos o con GPS, ambos caminos conducían al mismo lugar. Él, a través de ese regalo divino llamado intuición, y yo a través del método que propicia el pensamiento racional, del continuo aprendizaje, de la lectura y el estudio de otros autores. En todo caso, si bien ambos caminos conducen al mismo lugar, en los dos casos es imprescindible contar con un mismo ingrediente: la honestidad para ejercer lo que se profesa. Por supuesto que eso que mi padre y toda esa generación de hombres adquirieron con mucha intuición y mucho kilometraje, en nuestros días se ha convertido en un conocimiento sistemático en el que uno tiene que conocer sobre mercadeo, publicidad, economía, psicología, finanzas y, además, sentir interés por todo tema humano. Y mucha curiosidad. Permanente curiosidad por las cosas del mundo.

Todo conocimiento queda fundido en el recuerdo asociado al sitio y al momento en que se adquirió. Quizá por eso, cada vez que viajo por las carreteras del país (cada vez que viajo a donde sea) siento algo difícil de explicar, que es una mezcla de alegría por los misterios que se develarán durante el trayecto, y euforia por la aventura presentida. De esa manera, obtener nuevos conocimientos y ejercer la profesión de vendedor están para mí íntimamente ligados a una vieja sensación que estaría etiquetada en el rubro aventuras, con todo lo que de maravillosa tiene esa palabra para los niños. Sólo que esa aventura ahora la propicio todos los días, adquiriendo nuevos conocimientos de forma permanente. De eso se trata la pasión por las ventas.

Autor:

Carlos Rosales 

@neurosales